La generosidad de los niños
Todos tenemos un poco de experiencia de que cuando nos preocupamos excesivamente de nuestros problemas, éstos pueden llegar a hacerse obsesivos.
Este vivir sólo para lo propio se ha comparado al gusano de seda que hila, día tras día, hasta hacer el ovillo en el cual queda aprisionado y completamente separado del mundo que le rodea. Esta es la situación a la que tendemos todos los hombres, cuando vivimos exclusivamente para nosotros mismos.
Entre los cinco y los diez años de edad, es necesario estar atentos para que la vida de nuestros hijos no se limite sólo a sus pequeños problemas, sus juegos, sus estudios, sus juguetes, sus ilusiones, sus caprichos.
Todos tenemos tendencia a obsesionados por lo nuestro, y casi sin darnos cuenta vivimos cada día bajo el influjo de esta aprisionadora y dañina tendencia, que se pone de relieve con claridad cuando exagera.
La generosidad, pues es también una medida de higiene mental.
Alguno se preguntará: ¿Es que hemos de ser generosos para ser personas equilibradas? ¿Es que la persona humana está hecha para ser generosa? La respuesta es clara: estamos hechos, psicológicamente hablando, para ser generosos, y cuando no lo somos, enfermamos mentalmente, por poco que sea.
EDUCACIÓN DE LA GENEROSIDAD

Sobre esta materia hay que prestar especial atención a la edad comprendida entre los cinco y once años; si no, puede tener serias consecuencias para el resto de la vida.
Ya hemos comentado que es muy importante y conveniente que el chico o la chica sepa ceder el uso de las cosas a los demás, pero la educación de la generosidad tiene otras facetas. Es imprescindible que en esta edad los chicos vivan cada día un poco pendientes de los problemas colectivos de la familia. Para ello es muy importante encargarles de algún quehacer familiar concreto y determinado que les ocupe un tiempo diario.
Otro aspecto en el que se debe insistir es que sea generoso con su tiempo. El tiempo es un gran tesoro; darlo, cuesta. Y es muy frecuente que nuestros hijos estudien y coman deprisa, para tener más tiempo para jugar, para divertirse o para ver la televisión.
Hay que exigirles que sepan dedicar parte de este tiempo a favor de los demás. ¡ Cuántos abuelos podrían comentar el poco tiempo que les dedican sus nietos! ¡ Que difícil le es a un chico de once años dedicar un poco más de tiempo a enseñar las tablas de multiplicar a su hermano de seis años! Y ésta sí que es generosidad, que debemos saber enseñar!

J. Redondo



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