Una página para la historia

UNA PÁGINA PARA LA HISTORIA



Era el año 1945. La sementera de dicho año se había hecho en medianas condiciones, parte seca y parte en humedad. El tiempo que media entre San Frutos y los Santos llovió copiosamente y lo que se había sembrado en seco como siembra de después, nació a la vez con igual pujanza y lozanía, que prometía ricas perspectivas y halagadoras para los labradores, que afanosos habían derramado la semilla objeto de sus desvelos.
El invierno se deslizaba inconstante. El meteorólogo anunciaba sequía, el termómetro marcaba frío como no se había conocido nunca, hasta en las regiones más templadas. Igual fenómeno se registraba en Canarias y Africa. Desde la Navidad a Reyes los puertos se vieron bloqueado por la nieve y el frío intensísimo. Entre nosotros casi no se conoció la nieve; la noche de Nochebuena, mientras la misa del Gallo, fuimos sorprendidos por la nieve en pequeñas proporciones. Eso sí, los hielos fueron tan intensos que no permitieron hacer las labores del campo hasta después de Las Candelas, que la blandura o deshielo borrando las manchas había amontonado, sobretodo en los agregos. Mientras tanto el campo iba germinando, la planta bien arraigada, se desarrollaba a pesar de los rigores e inclemencias del temporal.
Cuando en marzo y abril se dieron las labores de arique o regaje, la cosecha prometía ser ubérrima (abundante), de muy sazonados frutos. La del año anterior (1944) había rebasado los cálculos porque hubo tan buena granazón en la mies, que se colmaron los graneros llenándose los comarcales. No así las leguminosas, que se quedaron escasas, excepción hecha de los garbanzos que abundaron, corriendo parejas con los demás cereales. Pero bien sabido es que no es la cosecha del que planta ni del que riega. Así vino a suceder con esta que nos ocupa de 1945.
Cuando los labradores más se ufanaban de ver sus campos lozanos, llegó el día 1 de mayo y una helada negra tronchó todas sus esperanzas corro tronchó la mies que con tanto afán habían sembrado.
Todo, absolutamente todo quedó tostado; cereales, legumbres, viñas, alubias, remolacha.. etc. Todo cuanto descollaba de la tierra sufri6 los rigores del hielo, hasta los árboles silvestres como la encina, roble, chopo etc, perdieron sus creces, hubo retoños y planteles que se secaron para siempre. Las villas, de nadie se sabe que echase uvas en el lagar ni envasase mosto aquel año, puesto que no hubo vendimias. De mí puedo decir que donde el año anterior obtuve más de 300 cántaras, ese año no recogí más que 8 arrobas de pésimo y agrio fruto, que no se pudo casi ni comer.
La fruta entre nosotros no se conoció, la remolacha lo que se heló hubo que resembrarlo, pero por la sequía se criaron raquíticas y sin arraigar.
Las de los valles se las comió la pulga, muchas hubo que arrancarlas y sembrar la tierra de garbanzos, que por la sequía corrieron la misma suerte, nacieron mal y arrojaron poco fruto. La remolacha casi constituyó una pérdida tan considerable como la cosecha del trigo, pues siendo el primer año que se instalara aquí la báscula, halagados los labradores con ese beneficio, sembraron en gran cantidad, hasta llegar al crecido número de 3.000 kg de semilla, según los contratos habidos, más lo que se sembró por cuenta propia que no se supo controlar. La helada fue más dañina, cuanto mayor fue la sequía, pues ya casi desde entonces, no llovió ni una gota.
Los sembrados heridos por el hielo y abrasados por la sequía, apenas pudieron espigar y así se pudo ver a los agricultores aquel verano acarrear las mieses mal segadas con telerines y redes puestas en los carros para poder mejor cargar los haces. Tanto se agotó el campo, que el día 1 de Julio ya se había segado el trigo. Para más certificar la sequía de aquel año, baste decir, que se secaron las fuentes en su inmensa mayoría, los arroyos perdieron por completo su corriente y los molinos de agua no pudieron molturar. Tales fueron el de Bahabón, Torrescárcela, Requija de Aldealbar y Santibañez. Vimos secas los arroyos siguientes: la nuestra del Valle de la Viñas, que en verano ya no llegaba el agua al puente de La Solana, y después del verano ya no llegó al Carrizal, la de Valcorba, que con ser tan caudalosa, solo se veía agua retenida en los remansos; la de Torrescárcela seca por completo; la de Minguela igualmente; Manes semejaban un ancho camino en verano; el arroyo del Henar que el día de la Romería no pudieron beber los ganados y en la fuente del Cirio, ni aún las personas; la fuente de San Antonio del mismo Henar, no tenía ni gota el día de la fiesta, para beber las personas, como ya se sabía, tuvieron que llevarlo de casa. Si embargo, nuestro arroyo de Valdelarmedilla, no menguó ni sintió la sequía. Las fuentes que se secaron fueron las de: El Prasuso que ya llevaba más de un año sin manar, fuente Mineral, fuente Juan Herrero, Valdecascón, Pozonuevo, Valdespino, Valdelaperra, el Tasugo, la Arcamadre, Peroleja, Vaitardero, Barcoperez, Valdelamuela, el Hornillo, el Molino, Barcolaliebre, Barcolareina, Fuente el Arco, Barcolagrama, la Ontañez y algunos manantiales más. Pudieron conservar el agua, Fuentecita, la que más remedio dio, Fuentelapeña que abasteció al pueblo, pero muchas veces se vio su pilón con tan poco agua, que no podían beber los ganados y el lavadero estuvo seco por completo, sin poder las mujeres lavar en él. Hasta el alcalde tuvo que ordenar un bando, que no se mojara la basura con el agua de la fuente, ni se hicieran adobes con dicho agua, debido a la escasez. Las demás fuentes del campo que no perdieron su manantial fueron: el Chorrillo de Torrescárcela, la Hontanilla, el Pozo Viejo y el Suso, a más de otros encaños que surtieron y suplieron a los demás que permanecieron cerrados. En todos los pueblos se organizaron procesiones y rogativas impretando la lluvia, más el cielo se mostraba inclemente y la sequía no se remedió hasta que en el mes de noviembre llovió con sobrada abundancia. Tal fue la sequía que asoló el país y la helada que destruyó la cosecha del fatal año y más fatales consecuencias del 1945.
Como la cosecha del año 1945 había sido tan mala, no tardó el hambre visitar los hogares pobres. Se suele decir que hasta Navidad ni hambre ni frío, pero desde entonces el invierno se recrudeció. Las lluvias y heladas fueron intensísimas, los obreros se vieron parados y la miseria se cernía entre las gentes algo acomodadas. Se abrió un trabajo de carretera, que a pesar de gastar en é1 muchas pesetas, fue insuficiente para remedia las necesidades más perentorias, sobre todo la del pan. Con tanta escasez, los géneros había que comprarlos a precios casi fabulosos, para lo que se estaba acostumbrado. Un kilo de azúcar valía 35 pts, un litro de aceite 55 y 60 pts, un kilo de carne 20 pts, un kilo de arroz 15 pts, un kilo de café 50 pts, una cántara de vino 50 pts y así sucesivamente.
Hoy todos esos precios alcanzan esos precios y aun más, pero entonces, o sea hasta entonces, esos mismos artículos se vendían a muy bajo precio, como a bajo precio estaba el jornal del obrero. Por ejemplo, los géneros reseñados antes se vendían, azúcar 5 pts kilo,aceite 1,50, carne 1,40,arroz 0,70 céntimos, café 9 pts, vino 4 pts y así sucesivamente. Por fin se dejó de vender carne, pues la ganadería vino a menos. El gobierno deseoso de remediar la situación puso la tasa del trigo en mayo a 150 pts la fanega pero los logreros la vendían a mayor precio. De aquí nació la Palabra estraperlo. En el mes de mayo ya se vendieron fanegas de trigo a 225 pts una y 100 kilos de harina valían 1.100 pts. Los demás granos, aunque el gobierno los asignó un precio moderado, los estraperlistas lo vendían a como podían, siempre caro, pues con frecuencia, se veían necesitados en busca de los productos indispensables, tanto para las personas como para los animales, porque de todo se escaseaba y más aún en los pueblos forasteros, que por falta de piensos, no podían trabajar a sus ganados. Las carreteras estaban vigiladas del estraperlo, más la necesidad no respetaba nada. Muchas gentes empujadas por el hambre, cometían tropelías de hurtos, raterías de productos forestales, asaltos a tiendas de comestibles y las meriendas no estaban seguras en el campo. Los pobres se multiplicaban y en vano se prohibió la mendicidad por las calles. El número de pobres crecía de día en día y cuando se les ofrecía la limosna, con frecuencia se les oía decir: "Dame un poco de pan".
Muchas fueron las calamidades. Una madre se arrojó al tren con cuatro criaturas, arropadas en una manta. Un hombre que murió en el campo, al practicarle la autopsia le sacaron del estómago más de un kilo de hierba y otras cosas por el estilo.
Al recoger la nueva cosecha en el año 1946, ya se remedió la situación del pan y de 13 pts que se vendía el kilo, bajó a 4 pts, pero los demás géneros siguieron igual y aún peor.
Desde entonces el ganado mular tomó proporciones gigantescas, vendiéndose la pareja hasta 40.000 pts. Claro que era ganado de gusto, pero 25.000 y 30.000 pts era corriente. Este precio siguió varios años, hoy se halla en baja. En fin, una friolera que asusta a cualquiera. El cerdo, ovejas, gallinas, conejos, queso y demás, estaban por las nubes, cuando el jornal de un obrero no pasaba de 11 pts, y como todo escaseaba, los vendedores se crecían y salían con ésta muletilla: "Estas son lentejas, si las quieres las tomas y sino las dejas. Mañana lo tomarás más caro". Y no se crean que exagero, que en todo me quedo corto, pues yo mismo hice operaciones de compraventa, calzar y vestir, pues en todo había un desequilibrio que había que estudiar. Hoy también la vida en ese sentido está exagerada, pero se gana más y se venden los productos más caros por lo que la vida está más equilibrada. Los pagos al Estado, eso sí, son bastante más subidos y los impuestos mayores.

Teodosio Arribas 1946



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