Poesía
POESÍA

Alma si eres compasiva,
mira, atiende y considera,
al pie de la cruz María,
estando pendiente de ella
y su dulcísimo Hijo,
abierto por cinco puertas.
De penetrantes espinas,
coronada su cabeza,
la sangre que por su rostro
hilo a hilo gotea
mira el color difunto
de aquella boca de perla,
parece un clavel morado
de haber caído en las piedras
Las rosas de sus mejillas,
dos cardenales en ellas
.Su garganta que es la nieve,
iba poca diferencia.
Desollada, renegrida
hombros y espaldas abiertas,
de haber caído en el suelo,
yendo con la cruz a cuestas.
Su madre le está mirando,
oye como se lamenta:
¡OH Hijo!, la Virgen dice
¡Qué culpas fueron las vuestras
qué así os quitan la vida,
siendo la misma inocencia!
Que solo un hijo tenía,
y por envidia y soberbia,
y sin causa me le han muerto.
¡Oh Jesús!, que me atraviesa,
una espada el corazón,
como una aguda saeta.
No hay quien de la cruz le baje,
qué hará aquí,
esta esclava nuestra.
Angeles de mi custodia,
cómo no aliviáis mi pena.
Los ángeles la responden:
No nos han dado licencia,
de bajar a vuestro Hijo
que corre por otra cuenta.
Alzó los ojos la Virgen,
y vio que venía cerca
una cuadrilla de gente
que traían dos escaleras.
Sobresaltada le dice,
a San Juan de esta manera:
Dime Juan, hijo querido
dime qué gente es aquella.
Qué injurias querrán hacer
con semejante grandeza.
Y San Juan la respondió:
Callad y no tengáis pena
es San José y Nicodemo
que traen una cosa buena.
Llegan los santos varones,
vieron la sagrada Reina
y al santo Arbol de la Cruz
arriman las escaleras.
Luego subieron por ellas,
quitándole la corona,
se la dan con reverencia
a la Dolorosa Madre
y tomándola la besa.
Corona que el Rey del Cielo
tuvo puesta en la cabeza,
quiera Dios que los mortales
la tratéis con reverencia.
Luego la dieron los clavos,
y tomándolos los besa.
¡Oh clavos que atravesáis,
aquellas palmas inmensas
que crearon el cielo y la tierra,
nos dio el ser y nos conserva.
Bajan el difunto cuerpo,
San Juan por la cabeza,
Magdalena por los pies
a su madre se lo entrega.
Está tan desfigurado,
muy triste a decir empieza:
¡Venid los que tengáis sed,
las fuentes están abiertas!.
¡Venid los que estáis hambrientos
a este pan de vida eterna!
¡Venid los que estáis enfermos,
que la medicina es ésta!.
¡Venid que a todos convido,
y a ninguno se le niega!.
Luego, San Jose y Nicodemo
como fue su suerte tan buena,
le envuelven en un sudario,
y en una sábana nueva,
y con dolorosos pasos,
hacia el sepulcro se acercan.
Muchos ángeles se quedan,
acompañando al Señor,
los demás dieron la vuelta
y al pasar por el calvario
adoró la humilde Reina,
al santo Arbol de la Cruz
y a todos los que iban con ella.
Tratemos de acompañarla
y consolarla en sus penas
hasta la Resurrección,
que con celo espera.
Entre la una y las dos,
de luto se cubre el sol,
los aires corren tinieblas,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con un amargo dolor,
que los cielos y la tierra
saben que se muere Dios.
Afligida Madre y Señora
por lo que padecisteis,
en estas tres horas al pie de la cruz
al ver espirar a vuestro Divino Hijo Jesús,
gravad en mi pecho sus llagas
y vuestros dolores,
para que con vuestra Santa ayuda
logremos alcanzar una buena muerte.
AMEN

Poesía que su abuela Felisa Aragón recitaba y que ella aprendió de memoria.

LUISA CASADO



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