Mi abuelo José Monago (Recuerdos de una historia)

MI ABUELO JOSÉ MONAGO

(RECUERDOS DE UNA VIDA)



Así lo recuerdo y os lo cuento.
Mi abuelo José fue un hombre singular. De aspecto no muy agraciado tuvo grandes virtudes que cultivó a lo largo de su vida. Fue una persona leída y viajera. Gustaba de la compañía diaria de los contertulios en el café. Era lector y coleccionista de las revistas de la Ilustración Española. Monárquico hasta la médula, instruido hasta el punto de redactar correctamente las hijuelas para sus descendientes, católico de misa dominical y de rosarios de 15 misterios delante de la cena de Nochebuena.
Recurrieron a José Monago en numerosas ocasiones como hombre de honor para mediar en pleitos y conflictos así como para avalar préstamos.
Su seriedad en este sentido no estuvo reñida con su sociabilidad. Era socarrón, gustaba de las bromas y el baile.
Todo ello hizo que fuera enormemente apreciado por su familia, vecinos y obreros guardando con estos últimos una relación tan cordial, afable y distendida que prevaleció con su familia más allá de su muerte.
En definitiva, fue un gran trabajador y, a la vez, vividor profundo de lo cotidiano y comprensivo con la debilidad ajena en un tiempo de privaciones y problemas.
Se casó en dos ocasiones y tuvo 22 hijos. De su primer matrimonio sólo le sobrevivió una hija, llamada María, madre de Esteban, Marina y Petri Villar. Del segundo casamiento con la abuela Sofía Peñas le sobrevivieron tres hijas: Felicia, Consuelo y Fidela, mi madre y única superviviente. Siempre nos resultó sorprendente cómo mi abuelo y mi abuela pudieron ser tan felices tantos años juntos siendo sus caracteres tan dispares. Como ya os he dicho el abuelo José era un hombre abierto, alegre y espléndido; por el contrario la abuela Sofía era una mujer seria, ahorradora hasta la tacañería y muy de estar en casa. Tampoco eran afines en sus ideas políticas aunque jamás hubo una voz más alta que otra en casa por esta cuestión.
Cuando yo era una niña mi abuelo era un hombre relativamente mayor, anciano para aquella época. Le recuerdo a diario con sus alforjas al hombro llenas de grano para cuidar las palomas y las colmenas. De vuelta a casa recogía forraje en la huerta para el cuidado de los conejos y las gallinas del corral.
Durante toda su vida tuvo obreros en casa para la labranza. El hecho de que sólo sobrevivieran sus hijas, así se lo impuso. A pesar de ello siempre cumplió como un buen agricultor. Con su borrico visitaba y vigilaba sus viñas, pinares y las obradas de tierra que tenía sembradas de yeros, algarrobas, cebada, trigo, centeno, avena, garbanzos, etc.
Trabajaron en casa del abuelo Monago los señores Nicolás Arribas "Joaquinillo", Fernando Esteban "Borreguillo" y Pablo de Lovingos, el único que sigue con vida, que picó la cuadra de la casa de la plazuela sobre la peña del cerral.
Sus relaciones con todo tipo de gente a lo largo de su vida y su talante hicieron del abuelo una persona abierta y progresista en su tiempo con un intenso afán por aprender, por la lectura y por los viajes. Estuvo por el puro placer de conocer sitios nuevos en Barcelona y en Asturias y murió con ganas de haberse montado en un avión a los 79 años, cuando yo contaba con 10 (año 1949), tras una larga y penosa enfermedad que muy a su pesar le mantuvo atado a una silla de día y de noche.
Mis vivencias y recuerdos se mantienen tan frescos que aún puedo emocionarme al hablar del abuelo a mis hijos - mis nietas son aún muy pequeñas -. Lo hago por afecto, por cariño y porque comprendan, acepten y amén a las personas que nos precedieron e hicieron posible que seamos como somos.
Pie de foto: José "Monago" y Sofía Peñas con sus hijas María, Felicia, Consuelo y Fidela hacia 1915.

Consuelo Velasco Arribas

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