La historia es vida LA HISTORIA ES VIDA

Una de las piezas centrales de todo retablo es el sagrario o tabernáculo. Nuestro retablo cuenta con un hermoso sagrario labrado, al que le falta alguna parte (varias columnas a los lados).
El sagrario era una de las piezas más importantes en un retablo, y en él, los artistas procuraban desarrollar todo su talento e imaginación. No es de extrañar que la mayoría de los mismos cuenten con una rica ornamentación, tanto exterior como interior. En el interior, la mayoría contaba con tablas pintadas con escenas de la pasión de Cristo o policromados en pan de oro.
En los primeros siglos de la Iglesia, el sagrario no tuvo la importancia que más tarde llegaría a tomar. En las Eucaristías que se celebraban, se procuraba consumir todas las formas consagradas y solo se reservaban algunas para que los fieles las pudieran llevar a los enfermos. Con el paso del tiempo y sobretodo con la contrareforma, el sagrario comenzó a tomar una gran importancia, ya que al negar los protestantes la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia Católica reafirmó ésta presencia real y surge así el culto Eucarístico.
Se comenzó a colocar en la parte superior del sagrario el expositor del Santísimo. El expositor se abría cuando se colocaba la custodia en su interior para que los fieles rezaran rindieran culto a la Eucaristía. Estaba decorado con espejos, para que la custodia fuera vista, tanto en su lado exterior, como en el interior. Una vez terminado el acto litúrgico se cerraba y retiraba la custodia.
¿Qué aparece en nuestro sagrario?
Una de las cosas que llama la atención en nuestro sagrario, es la rica ornamentación de su exterior y la pobreza de su interior (no está dorado). El autor de mismo, quiso dar más importancia al exterior que al interior. Seguramente pensó, que el interior solo podía ser visto por el sacerdote, y el exterior en cambio, podía ser contemplado por todo. De esta forma ofreció a los fieles de nuestro pueblo una catequesis magistral sobre la Eucaristía.
El autor comienza por la puerta. En ella coloca la figura de un sacerdote oficiando la misa con la ayuda de dos monaguillos. Uno de ellos lleva en sus manos el incensario (pieza muy utilizada antiguamente en la Eucaristía) y el otro, aparece con las manos unidas en señal de respeto. Por el hábito del sacerdote, deduzco que se trata de un fraile dominico, y más concretamente, la figura de Santo Tomás de Aquino, uno de los teólogos que más reafirmó la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
El autor quiso manifestarnos, que la Eucaristía que celebra la Iglesia, tiene una continuidad con los sacrificios del Antiguo Testamento. Para ello nos ofrecerá una breve historia de los sacrificios más significativos que aparecen en el Antiguo Testamento y que la tradición cristiana interpretó como símbolos eucarísticos. No olvidemos que para la Iglesia, el Antiguo Testamento debe leerse a la luz de Nuevo Testamento.
Comienza en el lado izquierdo del sagrario con el sacrificio del justo Abel. La Biblia nos habla de dos hermanos, Caín y Abel. Caín era agricultor y Abel pastor. Abel representa al hombre bueno, que ofrece en sacrificio los mejores animales a Dios. Al igual que Abel ofreció a Dios en sacrificio un cordero, Cristo aparecerá como el cordero de Dios que se sacrifica para borrar el pecado del mundo.
Los judíos para honrar a Dios, mataban un animal y después de desangrarlo, lo colocaban encima de una pila de leña. A medida que el animal se iba consumiendo, el humo llegaba al cielo, donde Dios recibía el aroma del sacrifico como uno de los mejores regalos. No es de estañar, que en nuestro sagrario Dios aparezca entre las nubes con los brazos abiertos en señal de agradecimiento por el sacrificio de Abel.
Debajo, nos encontramos con el sacrifico de Melquisedec, que ofrece pan y vino a Dios. Melquisedec fue sumo sacerdote sin linaje (no tenía familia dentro de la casta sacerdotal) y la tradición cristiana quiso ver en esta figura un precursor de Cristo. Cristo es el único y verdadero sumo sacerdote sin linaje en la tierra, por voluntad de Dios. Al igual que Melquisedec ofreció pan y vino, Jesús ofreció su cuerpo y sangre.

Juan Medina Gozalo



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