Editorial

EDITORIAL



Comienzo este editorial deseando a todos los lectores de la revista Tiempo unas felices vacaciones de verano. Un descanso merecido para muchos de vosotros después de un año de trabajo y preocupaciones. También para mí este verano ha sido algo especial, diferente a otros años, ya que he estado durante un mes en Africa, concretamente en Zambia, Tanzania y Kenia.
Hace 4 años un compañero de curso marchó como misionero a Zambia y en enero vino a España por motivos de salud. Durante el tiempo que estuvo aquí, nos vimos varias veces y me contó su experiencia. Después de oírle, decidí irle a visitar en el mes de Julio. El único problema que veía era el idioma, en Zambia se habla el bemba y el inglés, y yo solo conozco como lengua extrajera el francés. Tuve la suerte de poder coincidir con un antiguo amigo del seminario que sabía algo de inglés y los dos nos decidimos a emprender el viaje.
Lo primero era el tema de vacunas y sanitario. Había que tomar precauciones, sobretodo teniendo en cuenta que el continente africano es uno de los más castigados por el tema de epidemias y enfermedades mortales. Las vacunas fueron la hepatitis, la fiebre amarilla, el tétano y la malaria. Gracias a la médica del pueblo y a la Consejería de Santidad este primer trámite se resolvió sin dificultades. Lo siguiente fue conseguir el billete para el viaje, sabiendo que desde España no hay vuelo directo y hay que hacerlo vía Londres o París. La agencia de viajes se portó con nosotros muy bien y se resolvió todo satisfactoriamente.
El día 5 de Julio a las 7 de la tarde salimos desde el aeropuerto de Bajaras con destino a Londres y llegamos a Lusaka a las 9 de la mañana.
La primera impresión que percibes al llegar, es de extrañeza y también cierto respeto. Eramos los dos únicos blancos (busungus como nos llaman en Africa) que paseábamos por la calle. Estábamos en un país extranjero y sin conocer la lengua nativa. Me imaginaba el sentimiento que podría tener una persona de color en un pueblo de Castilla. Rota esa primera impresión y ese primer día, la verdad es que durante todo el mes, no tuvimos la sensación de miedo o peligro. La gente es muy amable y muchas veces cuando preguntabas por algún sitio te acompañaban hasta la misma puerta (claro está, después de darles una pequeña propina).
Durante este mes he podido percibir de África varias cosas. El romanticismo de Africa existe. Tiene paisajes maravillosos: las cataratas Victoria en la frontera entre Zambia y Ziwague. Las cataratas tienen una longitud de un kilómetro y medio con un desnivel de varios centenares de metros. Es tal la fuerza con la que golpea el agua al caer al suelo, que es necesario llevar un impermeable y aún así te mojas completamente. Se podría estar horas y horas contemplándolas y no te cansarías jamás de verlas. Los espacios naturales de la sabana también son formables, contemplas grandes llanuras con árboles diseminados por todos los lados. Cuando contemplaba este paisaje me acordaba mucho de las tierras de Castilla y sus páramos. El cielo también es una maravilla y las puestas de sol increíbles. En Tanzania te puedes encontrar con el monte más alto de Africa, el Kilimanjaro, con más de 6000 metros de altura. Contemplarlo desde la falda del mismo es algo impresionante. El cráter del Gorongoro y el Serengueti son la mayor reserva de animales del continente. Allí puedes ver la rica fauna que África conserva y que muchas veces había visto en los documentales de televisión. El cráter es un microclima con una extensión de 29 km de largo por 26 de ancho, y en él, durante la temporada seca, los animales que viven en la sabana, buscan refugio. En la costa de Tanzania está la isla de Zamcibar, una isla llena de historia, no por su playas magníficas y por ser un lugar donde los europeos encontraron uno de los mayores tesoros de la antigüedad, las especias (clavo, azafrán, pimienta...etc). Su fama se debió a algo tan vergonzoso como el tráfico de esclavos. Los esclavos eran capturados en el interior de Tanzania y llevados hasta la isla de Zamcibar, donde una vez subastados, pasaban a los barcos que los llevaban a la India. Al llegar a Zancibar una parada obligada es la catedral Anglicana, que fue construida por los ingleses sobre el antiguo mercado de esclavos. Al lado de la catedral existe un antiguo hospital, hoy convertido en hotel, donde se conservan las mazmorras donde se amontonaban miles de seres humanos en espera de ser embarcados con destino desconocido. La impresión es grande si se deja que la imaginación trabaje reconstruyendo esos momentos. Una noticia que desconocía fue que el famoso cantante inglés Fredy Mercuri había nacido en Zancibar y que una parada obligada era su casa, igual que la casa donde estuvo el cuerpo sin vida del famoso explorador inglés Libistogne, muerto en Zambia tras sufrir la malaria.
Pero como he dicho al principio, esa es el África idílica. La realidad de la gente es mucho más dura. La pobreza es algo natural. La gente está acostumbrada a vivir con muy poco (dos comidas al día: desayuno y almuerzo). Las casas son muy humildes, muchas de ellas construida con bloques de hormigón y tejados de chapa en las ciudades, y barro y paja, en la zona rural. En una casa pueden llegar a vivir varias familias y la familia africana es muy numerosa.
Una de las cosas más llamativas es que no ves gente mayor. La población en esos países es muy joven y el promedio de vida muy bajo (50 años). Me contaban que el SIDA es una enfermedad muy extendida y que produce muchas muertes entre la población.
Las ciudades son feas y muy mal cuidadas. La mayoría de ellas está sin asfaltar, no tienen alcantarillado y las farolas son un simple adorno, ya que nunca las he visto encendidas. La suciedad es grande y no existe servicio de basuras (la gente quema las basuras en los patios). La agricultura es muy pobre. Lo que más se cultiva es el maíz y la caña de azúcar, pero la forma de trabajar es muy rudimentaria. La tierra la cavan con azadón y no utilizan fertilizantes ya que estos son muy caros y se tienen que importar. Las mejores fincas y tierras las poseen los blancos (la descolonización solo existe en los papeles, pero no es real). Las carreteras son pésimas, exceptuando las más importantes, aunque en estas puedes encontrar muchos baches. Parejo a las carreteras están los medios de transporte, sobre todo las líneas de autobús. Para los pequeños trayectos se utilizan furgonetas y para los largos, autobuses. Realizar un viaje en cualquiera de estos dos, es una verdadera aventura. En una furgoneta de 10 plazas, entran 20 personas y en los autobuses de largo recorrido la gente va hasta en el pasillo. Los horarios son siempre orientativos, ya que el autobús sale cuando está lleno. Nosotros estuvimos un día entero montado en uno y la verdad es que no se olvida.
Pero el motivo del viaje era visitar a mi compañero Javier que está de misionero. La zona donde realiza su misión es Chingola, norte de Zambia, cerca de la frontera con el Congo (antiguo Zaire). Se trata de una zona minera (existen muchas minas de cobre) que está sufriendo una grave crisis, ya que el precio del cobre está muy bajo. En la ciudad de Chingola y concretamente en el barrio de Chiguampala es donde viven dos misioneros españoles. Javier de Valladolid y Antonio un sacerdote gallego, además de otros tres más de Ciudad Real y Pamplona que viven en el bosque. Los dos llevan dos parroquias católicas, entre las muchas iglesias cristianas que existen en la zona: Anglicanos, Iglesia Unificada de Africa, Protestantes, Testigos de Jehová, Evangélicos.......etc. Toda la zona cuenta con numerosas iglesias, y cada una de ellas tiene sus ministros y culto diferente. Los católicos son minoría y es curioso, ya que se les puede distinguir porque llevan el rosario colgado al cuello. Es muy normal cambiarse de iglesia, puedes ser católico y con el tiempo pasarte a los anglicanos o protestantes. La semana que estuve en Chingola fui a la Eucaristía el Domingo. La Iglesia no es gran cosa, se trata de una nave construida con bloques de hormigón y tejado de chapa. Dentro de su sencillez, estaba muy limpia. El sacerdote empieza la ceremonia fuera y entra en procesión con el coro parroquial que entona la canción de entrada. Hay 6 monaguillos que nos acompañaron vestidos con diferentes trajes, dependiendo de la función que les toque hacer. También existe un grupo de bailarinas que a lo largo de la celebración bailan danzas típicas del lugar. Las Eucarísticas son una verdadera fiesta, donde es imposible no dar palmas y bailar con ellos, dentro siempre de un gran respeto. Los niños no suelen ir a la celebración y si van no se mueven. (es curioso la gran educación que tiene los niños, no he visto a ninguno llorar o decir que se aburría o no le gustaba la comida que le daban).
Las Eucarísticas son como las nuestras, aunque hay pequeñas variaciones. El cura no predica todos los domingos, sino cuando le toca. Existen laicos, ministros de la palabra, que se encargan de explicar las lecturas. En el ofertorio la gente se levanta y en rigurosa fila se dirige al sacerdote para entregarle su ofrenda (la mayoría de las veces es dinero, pero también pueden ser alimentos o bebida, el domingo que estuve, un feligrés le regalo a mi compañero una caja de coca cola). El sacerdote recibe la ofrenda y da las gracias a la persona con un apretón de manos. A pesar de la pobreza, la gente es muy generosa. Al final de la celebración, hubo un acto que a mí me emocionó. El secretario de la parroquia da los avisos e invita a los forasteros que están presentes en la iglesia a salir al centro de la misma. Nosotros tuvimos que salir y allí nos presentó, además tuvimos que decir unas palabras, que Javier tradujo a la gente. Luego, uno por uno, fueron desfilando y dándonos la mano, deseándonos una feliz estancia en Zambia. Fue un acto muy emocionante y a la vez entrañable. La Eucaristía duró 3 horas y sí puedo decir que fue una verdadera fiesta.
Al terminar la misa, el sacerdote come en la parroquia. Cada domingo un feligrés le trae la comida y se la sirve. Lo primero es el saludo y el recibimiento, la madre de familia se pone de rodillas y saluda a los invitados, detrás de ella toda la familia. El mejor sitio es para ellos y antes de comenzar a comer se da gracias a Dios por los alimentos. Al finalizar la comida, la mujer pasa una palangana para que los comensales se laven las manos y les agradece la visita. La comida es muy sencilla (verdura, alubias y un pequeño trozo de carne).
Es sin duda la mujer africana el gran tesoro de este continente. Es una mujer sufrida y trabajadora. Es la encargada de trabajar en el campo, realiza las tareas domésticas y cuida de los numerosos hijos que tiene (el promedio es de 7). Cuando las veía, me maravillaba cómo podían llevar en la cabeza tantos objetos pesados y como siempre que iban a trabajar llevaban a los niños pequeños a la espalda. No es de extrañar que casi todos los proyectos de desarrollo que organizan los misioneros vayan dirigidos a la mujer.
Solo puedo decir que ha merecido la pena el viaje. Te das cuenta la diferencia que existe entre los dos continentes y como la vida puede vivirse de una forma sencilla. Nosotros somos unos privilegiados y deberíamos apreciar más lo que tenemos.


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