Editorial

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Comienzo esta página de editorial felicitando a todos los lectores de la Revista Tiempo estas fiestas de Navidad, y deseando que sean muy felices en este próximo año 1999.
El año 1998 que hemos terminado, ha estado marcado por una conmemoración: El 50 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948. Esta Declaración consta de 30 artículos y a través de la misma se quería ofrecer un marco jurídico a escala internacional para defender al individuo de la arbitrariedad del Estado. Después de haber sufrido dos guerras mundiales, los Estados que aprobaron esta declaración, manifestaron al mundo que "nuca más" se volverían a vivir los horrores que en el siglo XX conoció la humanidad. Nuestro país suscribió esta declaración en 1976. Pero: ¿podemos celebrar una declaración que en nuestro mundo todavía dista mucho de ser respetada? El artículo primero de la declaración de los Derechos Humanos dice así: " Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros".
Este primer artículo, me da pie para recordar la figura de un español, Angel Sanz Briz. Yo nunca había oído hablar de él, pero en el mes de Diciembre, leyendo un periódico, encontré un artículo dedicado a él, con motivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Angel Sanz Briz, fue un diplomático español que salvó la vida de miles de judíos húngaros durante la Segunda Guerra Mundial. La biografía de este diplomático es muy escueta. Estalla la Guerra Civil Española y se enrola voluntario en el ejército nacional como conductor de camiones. En 1939 es destinado como encargado de negocios en la embajada de España en el Cairo, Egipto. En 1943, con 34 años, fue trasladado a la embajada española en Budapest (Hungría), y es allí donde logra, a través de su trabajo, salvar la vida de 5.200 judíos que iban a ser deportados a los campos de concentración nazis.
Lo primero que hizo fue convencer a las autoridades húngaras para que reconocieran como españoles a 200 judíos de origen sefardí. Los 200 judíos se convirtieron en 200 familias y éstas a su vez agregaron a todos sus familiares, por muy lejanos que estos fueran.
La segunda parte de su trabajo consistió en alquilar 11 casas a las que otorgó el rango de viviendas de la embajada y por tanto, con inmunidad diplomática. Todas ellas tenían colocadas en el exterior la bandera de España y un letrero en el que se podía leer: "Anejo a la legación española". Este procedimiento fue imitado por otras organizaciones humanitarias como Cruz Roja y la misma Nunciatura Apostólica. En total se salvaron 5.200 judíos. El diplomático abandonó Budapest poco antes de la entrada del Ejercito Ruso en la ciudad. El estado de Israel le otorgó el título de Justo de la Humanidad y su figura aparece en un puesto importante dentro de este país.
Santa Teresa de Jesús que decía: "nada cambia tanto el mundo, que cuando cambia uno mismo". Seguramente, Sanz Briz podría haber cerrado los ojos y no haberse complicado la vida. Tenía un puesto seguro, unas ventajas de inmunidad que le hacían no temer por su vida, pero decidió cambiar el mundo en el que vivía comenzando por él mismo. No hizo grandes declaraciones ni discursos pomposos, comenzó con algo tan sencillo y a la vez tan complicado, implicó su vida en una tarea, salvar a otros hombres que necesitaban su ayuda.
"Todos tenemos que comportarnos fraternalmente con los demás", así reza el primer artículo de la declaración de los derechos humanos. Hoy, en 1998, los hombres seguimos clamando por un mundo más justo y fraterno, pero nos olvidamos con frecuencia que cada uno de nosotros estamos llamados a vivir la fraternidad universal. No busquemos soluciones a los problemas de la humanidad pidiendo sólo a los gobiernos que actúen, el cambio que todos deseamos, tiene que comenzar por nuestro corazón. Nada cambia tanto al mundo, que cuando cambia uno mismo: ¿Estás dispuesto a cambiar?. Si lo estás, el mundo cambiará contigo. Un hombre salvó a 5.200 judíos, ¿ y nosotros...? Decía Carlos de Foucauld, "Uno hace el bien, en la medida de lo que es, no de lo que hace o piensa". El gran reto del hombre en este momento histórico es, paradójicamente, SER HOMBRE.


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