Adios a un amigo

ADIOOS A UN AMIGO



En ésta última editorial del año 1999 quisiera recordar a un amigo. Un amigo que nos ha dejado por un tiempo, pero que un día volveremos a verlo cuando Dios nos llame a su lado. Quiero recordar a Ventura Mozo, sacerdote natural de Santibañez y unido a nuestro pueblo, no por su nacimiento, sino con una ligazón más importante, la ligazón de la amistad y el cariño.
Hay una frase que surge en estos momentos y que un día leí en un libro que intentaba explicar desde la fe, el sentido de la vida, pero sobretodo, el sentido de la muerte. "Un hombre no es adulto del todo, hasta que no logra pensar en la muerte propia o de sus seres queridos, con serena naturalidad. Con un dolor inevitable, pero reconociendo que la muerte es parte y coronación de la vida".
Recuerdo de niño la muerte de mis abuelos y la sensación de tristeza y amargura que quedó en mi interior. Era la primera vez que experimentaba esos sentimientos y la primera vez que vivía la pérdida de alguien al que no volvería a ver. De niño no eres capaz de comprender que la muerte es algo irreversible. Piensas que se han ido, pero que los volverás a ver, a tenerlos nuevamente contigo. Piensas que las personas a las que quieres no pueden morir.
Quizás en estos momentos, al escribir estas líneas, mi pensamiento viva esa serena naturalidad de un niño, que con el tiempo ha llegado a ser adulto y contempla la realidad con otros ojos, aceptando ese gran misterio llamado muerte. A las personas que queremos, las deseamos tener siempre con nosotros, que no se vayan nuca, pero solo a Dios le toca decidir el momento y la hora, y a nosotros, asumir su voluntad.
Estas líneas no quieren ser un momento amargo, sino recuerdo de un amigo sacerdote mayor, que a través de su cariño y amistad, conquistó nuestros corazones. Estuvo con nosotros cerca de 9 años y compartió nuestras celebraciones: eucaristías, bautismos, confirmaciones, matrimonios y fiestas. Lo tuvimos en los momentos alegres, pero también en los tristes. Se le podía ver siempre a mi lado en las eucaristías concelebrando y recitando de memoria la plegaria eucarística de la misa.
Me confesó que los momentos más gozosos de su vida era cuando se acercaba a nuestro pueblo. Valoraba mucho a la gente, y sobretodo el cariño que le habían mostrado siempre y que él no merecía. Con el buen tiempo se le podía ver muy temprano con su visera, andando por las carreteras de nuestro pueblo. Y siempre su paseo terminaba en la Iglesia, teniendo un rato largo de oración.
Cuando hablábamos, lo hacía desde un sumo respeto hacia mi persona. Nunca me dio lecciones de cómo tenía que llevar la parroquia, al contrario, creyó que los sacerdotes jóvenes teníamos más valor y mérito que los de su edad. Y no era falsa humildad, sino que así lo sentía. En Ventura todo era bondad. No quiero hacer de ésta página un elogio funerario. Ventura no fue perfecto, no fue mejor ni peor que cada nosotros. Dios sabrá la misericordia que tenga que aplicar con él, pero a un amigo nunca se le juzga y siempre se le perdona. Y para mi, antes que sacerdote, Ventura fue un amigo.
Él escribió en cierta ocasión un soneto dedicado a dos amigos fallecidos. Quiero recordar los últimos versos de su poema.
Desde arriba mirad a los que vamos,
por los duros caminos de la vida,
que fieles al Señor siempre seamos.
Que unidos en amor permanezcamos,
con la luz de la fe bien encendida,
al encuentro con Dios nos dispongamos.
Dicen que uno de los dogmas más consoladores de la fe cristiana, es la comunión de los vivos y los muertos a través de ese puente llamado oración, que une nuestra vida con la vida de los que nos esperan junto a Dios. Quisiera terminar estas palabras precisamente con una oración, y una oración muy cercana a nuestro pueblo y parroquia. La oración que San Antonio de Padua pronunció antes de morir y que nos recuerda la fe de un hombre que vivió para Dios. "Con la muerte todos volvemos a Dios, como el navegante entra e
n la ensenada tranquila de un puerto; escapados de la tormenta del mundo, nos encontramos en la paz de la vida inmortal. Volveremos a Dios como el niño que llora se dirige al seno de su madre, que, acariciándolo, le seca las lágrimas; desde el llanto de este mundo los justos entrarán en la gloria, donde Dios les secará todas sus lágrimas"
.
Gracias Señor por habernos regalado a este pueblo la presencia, amistad y palabra de un hijo tuyo sacerdote, que vivió para ti y para los demás. GRACIAS SEÑOR POR VENTURA.
Esta página no va dedicado solo a él. Al leerla pongan cada uno de ustedes el nombre y los recuerdos de las personas a las que quieren y no olvidan. El año 2000 comienza con el recuerdo esperanzado de todos ellos.


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