Recordando a mi amigo victoriano cristo

RECORDANDO A MI AMIGO VICTORIANO CRISTO



        Victoriano García Redondo nació en el año 1915, en la familia de Pablo Cristo y Teodosia, a quien siempre se la mencionaba cariñosamente como la madre de Cristo.

        A Victoriano, como a todos los niños de su época, le tocó trabajar duro. Apenas podía con la herrada para ordeñas las vacas y las cabras que tenían en casa. Su juventud también estuvo marcada por el trabajo, pero fue una juventud divertida y feliz, como toda la juventud de aquella época. Mucho trabajo, poco que comer, nada para gastar, pero con mucha conformidad y diversión, sin tener que recurrir a cosas nefastas para la salud, como por desgracia sucede en la actualidad en muchos casos. No había dinero, pero sí un ambiente maravilloso entre la juventud de ambos sexos.

        En aquella época, había dos salones de baile, el del señor Hermógenes y el de Gabriel, los dos con pianillo. Los abrían los Domingos, y en las fiestas señaladas había dos sesiones, una antes de cenar y la otra después de cenar hasta las doce. Para asistir al baile después de la cena, los mozos tenían que ir a casa de las mozas para pedir permiso al padre para que las dejaran salir. El baile costaba dos reales y las mozas no pagaban. También se organizaban fiestas en las casas de las mozas, juntándose las amigas y los amigos. En invierno se organizaban y representaban obras de teatro. Estas estaban dirigidas por esos grandes hombres, intelectualmente preparados, como eran Teodosio Arribas y Fernando Esteban. A Victoriano en todos estos acontecimientos le querían, ya que el éxito estaba asegurado.

Al         casarse con Lice, este hombre comienza a luchar partiendo de cero. Monta un atajo de cabras para sacar adelante su casa y esos nueve maravillosos hijos, ¡para qué luego digan que la leche de cabra es mala para los niños!. Este hombre tuvo que trabajar 16 horas diarias todos los días del año. Creo recordarle con un burro y sus cantarillas, salir antes del amanecer y volver a las nueve de la noche en invierno del Montecillo, diez kilómetros de distancia, ya que allí tenía el ganado en invierno.

        Al valerle los hijos, este hombre ya pudo aliviar su vida e incluso podía permitirse el lujo de ponerse enfermo, ya que antes ni eso podía. Al no admitir cabras en el Montecillo, este se pasa a los arriendos de la Dehesa, Valcorba y el Quiñón. Su vida seguía igual, pero el trabajo era más cómodo, ya que se dedicaba a relevar a los hijos en las fiestas para que pudieran disfrutar de ellas, repartía

leche en Montemayor, Santibañez y Cogeces.

        En este punto quiero contar una de sus invenciones. Contaba Victoriano que estando en la Dehesa, cogió agua del arroyo con la cantarilla para bautizar la leche, con tan mala suerte que se metió dentro de la leche una ranilla y la toco a la Señora Basilia de Montemayor. Al día siguiente cuando vuelve Victoriano, la mujer le da las quejas, y este se disculpó de la señora diciendo que tenía una cabra que daba ranillas y que como la había ordeñado de noche, no se dio cuenta que se había metido una en la leche.

        Este hombre se equivocó de profesión al no dedicarse al espectáculo, ya que tenía todas las cualidades para haber triunfado en esta profesión. ¿ Quién de los que le conocimos no recuerda sus chistes, historietas y la gracia de su cara?. Además: cantaba, bailaba, recitaba poesías, dramatizaba, contaba anécdotas. Pero donde montaba su número era los

sábados en la barbería. Antes los hombres se afeitaban los sábados en la barbería, excepto los que afeitaba en su domicilio el barbero, sábados y miércoles, con corte de pelo al mes, por una fanega de trigo al año. En la barbería, los sábados, Victoraino-Cristo era el protagonista con su espectáculo, incluso alguna vez se quiso pasar la gorra.

        Por todo ello, pienso que cuando nos dejan personas como esta, que ha dedicado parte de su vida a hacer más agradable la vida de los demás a cambio de nada, todos perdemos mucho, porque con él se marcha parte de la vida agradable y alegre que todos necesitamos para ser más felices.

Edicio Velasco



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