Las ruinas de la Armedilla
POESÍA

LAS RUINAS DE LA ARMEDILLA

Con la cachaba en la mano
y el sombrero en la cabeza,
por una cuesta y en llano,
sin prisa llego a mi meta.

Andando medio camino,
se ven a ras de la tierra,
restos que fueron testigos
de oración y penitencia.

En terreno quebrado,
que mira de cara al cierzo,
hundido y abandonado
quedan restos de un convento,
que de novicios y legos,
del abad y los hermanos,
flotan los sonoros ecos
de los cantos gregorianos.

Handespertado al pastor,
le hacen salir de su chozo,
y se para el labrador
cuando saca agua del pozo.

Campanario sin campanas,
sin una veleta al viento,
con las piedras desgastadas
por la desidia y el tiempo.

Pisando las santas ruinas
llegó hasta el altar mayor,
me detengo en la hornacina
donde a una Virgen se oró.

En la espaciosa cocina
hay un alo del aroma
de la rígida cocina
que del convento fue norma.

Hay susurro de oraciones
en el antiguo oratorio
y murmullo de oraciones
al amor del refectorio.

En un lugar solitario
no faltan las golondrinas
ni muchos nidos de barro
colgados de las cornisas.

Desvencijados corrales,
ponederos sin gallinas
que se sirven de nidales
a las palomas bravías.

Hoy quedan restos de viñas,
de higueras, flores y almendros,
de pinos que aún den piñas.
Es el recuerdo postrero
de los tiempos que hoy se añoran,
donde monjes del convento
entre el "ora et labora"
cuidaron el fertil huerto.

He de regresar al pueblo,
subo la cuesta empinada,
abajo queda mi sueño,
sueño que guardo en el alma.

Con la cachaba en la mano
y en la cabeza el sombrero,
me siento tan animado
que he de volver al convento.

Atrás llevo las miradas.
Una estrella es la vigía
de aquellas piedra sagradas
que aún quedan en la Armedilla.

Santiago Nieto



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