Cogeces del Monte

COGECES DEL MONTE




Entre colinas por cuyas laderas resbala, en grumos, el verde torvo de los pinos, entre colinas a veces peladas para que se oreen sus calaveras grises asciende la carretera hasta descansar de sus fatigas y de sus quiebros en el páramo. Hacia Cogeces, los campos se extienden jugosos y verdecidos. De vez en cuando, una veta amarilla ilumina más los matices en variación de esos verdes iluminados. Rubricando la solemnidad del páramo vuela con lentitud un águila solemne. Quizá haya confundido, con el esqueleto de un animal, las ruinas del Monasterio de Nuestra Señora de la Armedilla.

En tiempos atrás aquello debió de ser muy señalado e importante. Pero ahora, habrán apreciado que es un alboroto de ruinas, que sólo hay un desconcierto de piedras y unos cuantos muros tullidos. Si en el juicio Final los edificios se levantaran también, al escuchar la trompeta. con los mismos cuerpos y almas que tuvieron, muy pocas casas de Cogeces y de lo que no es Cogeces iban a quedar completas. Piedras de La Armedilla las podría encontrar usted por todas partes.

En la Plaza de la Iglesia nos recibe una bella explosión de macizos y de flores. Todos lo cuidan. Pero la más preocupada por aquel rincón es la señora Teódula, que nos atiende mientras planta en un tiesto unas hojas verde-amarillas. "A mi nadie me paga por esto. Lo hago porque me da felicidad" Junto a la iglesia, en lo que fuera antiguo cementerio, están haciendo obras. «Van a preparar un rincón para que puedan pasar el rato los viejos y el que quiera. Sí, era el cementerio. Pero a mí "dice la señora Teódula", los cementerios donde están los que no he conocido no me imponen respeto. Ahí he colgado yo muchas sábana, como si nada y hasta de noche. Ahora que, me dice usted que vaya a tender una sábana al camposanto de los que he conocido, y para eso soy mas cobarde.» «Pues hay que tener más miedo de los vivos que de los muertos, la recuerda una de las mujeres que han formado un corro. Tú al vivo le clavabas ese aparato con el que estás revolviendo la tierra del tiesto y le rompías la maceta en la cabeza, y ya estabas más que defendida.» La señora Teódula tarda en contestar. Abraza la maceta con más fuerza. Recorre con su mirada enternecida los jardines de esta bella plaza florecida y contesta:

«No es miedo. Es como un respecto que me impone. Además, no digas lo que has dicho. Una servidora, antes de romper una maceta y de estropear unas flores, se dejaría atracar».

Don Gabriel, el cura, está jubilado. "Es todo un hombre de bien y una persona sana y noble donde las haya", nos advierte una de las mujeres, mientras las restantes asienten. «Soy de Campaspero nos explica el cura, se me ocurrió probar unas magdalenas, que estaban hechas con el aceite malo una vez que estuve allí, y me cogió la enfermedad». Don Gabriel es jovial y nos enseña la iglesia apoyándose en una cachaba negra, con la que nos señala algún detalle especial. Don Gabriel tiene una buena biblioteca y nos da precisas y sobrias explicaciones de todo, con una conversación inteligente, mechada de un suave humor. «Si, don Gabriel, le cogió la colza. Pero usted bien que se pasea y bien alegre que está siempre». «Claro hija, qué voy a hacer. ¿,Meterme en un cuarto y ponerme a llorar'? Pues, si me pusiera a llorar, tendría dos enfermedades en lugar de una.

Esos santos de la fachada, nos advierte el cura, todos tienen sus nombre». Aunque están estropeados, porque no les hicieron con piedra de Campaspero, y pueden ser cualquier cosa, de borrada que tienen la cara y de comido que tienen todo... Ese fue un hijo del pueblo. Ese otro fue un obispo santo que dicen a lo mejor es mentira, que es una invención y que no existió nunca. Ese santo de ahí, nos indica ya en el interior, es un rey. No me acuerdo ahora sí San Luis o si San Fernando. Como yo no les he conocido y los dos tenían corona, pues no me acuerdo de quién es.» La Abuela ha sido muy aficionada al baile. «Me ha gustado mucho y me sigue gustando. La televisión estuvo aquí y yo bailé para que me sacaran y conmigo la señora Carrasca que es también algo mayor, pero que tiene los pies y las manos más jóvenes que muchas mozas.» Uno de los contertulios del que fuera antes Bar de la tía Coca, se levanta y nos dice: Conocedor del objeto de nuestra visita, el hombre se dirige a nosotros con ademanes de predicador y con voz algo engolada de pregonero:«Nosotros de que éramos jóvenes nos divertíamos con diversiones y con ritmos de los antiguos, pero un poco más en moderno. En los pueblos hacen falta personas que tengan luces de lo antiguo y que no las apaguen... Ahora, la juventud venga a practicar lo de fuera y lo de las naciones que no les han criado. Ahora, los jóvenes se han metido en unas acciones que son muy desaccionadas. Casualmente, los Carnavales, no saben ni con qué se comen. Aquí, en los Carnavales, un año subieron al tío Carpín al balcón más alto de la casa del tío Bigote, que es ésa que es la más grande de Cogeces y que está casi arruinada. Hicieron como que le ahorcaban, poniéndole una collera de macho. El Carpín sacaba la lengua, para que pareciera de verdad y apretaba al mismo tiempo una bota de vino que tenía entre las piernas. Y la gente decía: "Mira, se está yendo de miedo". Y algún familiar hasta lloraba o hacía que lloraba... Eso eran diversiones.» El hombre, al sentirse escuchado, se anima v nos habla de la «vaguada de la traición», donde «unos pastores castellanos pusieron en cada cuerno de una cabra una vela, allá por la francesada. Los franceses se creyeron que era un ejército el rebaño y huyeron; y es cuando hicieron los guerreros castellanos la traición». No es la "vaguada de la traición" le replica el otro, es el "barco de la traición"». «Tú a callar. El barco es lo que anda por el mar. Que yo aprendí estas cosas de cuando la mili. Se puede decir barco. Pero, en palabras finas, hay que decir vaguada.»

El hombre nos habla también del término de «Casar del Rey» y de Luis Velasco Herguedas. «Es poeta va a Valladolid a la Casa Cervantes, donde dicen versos y conoce al presidente de la casa. Ahora va a dar el sermón de las fiestas». «Pregón, coño, le corrige el otro, que todavía, que yo sepa, no ha cantado misa». «Bueno, pues pregón. Qué más dará. El tal Luis, continúa, es intelectual. Atina muy bien. Con mucha gracia. Tiene puntos de psicología. Es psicólogo...».

«Coño, y no me gusta hablar ensuciando las palabras, pero es que te pones a hablar y te vas hablando hasta donde quieres. Te pones a hablar y andas con las palabras tanto como la señora Carrolla, que traía el pescado sobre la cabeza desde Quintanilla a pie pelado o como el señor Segundo, el cartero, que traía también el correo a pie desde allí. Y, lo cual, que hacia bien. Porque para una vez que alguien le dijo que subiera al carro, fue el carro y volcó... ¡Qué jodido con suerte! Nos estás enseñando a hablar esta tarde. Pero a que no les dices a estos señores por qué se llama el pueblo Cogeces». Medita un poco. No se amilana y exclama; «Lo que les diga no lo verán en ningún libro, pero algún día lo pondrán. Se llama Cogeces porque en Torrescárcela había una cárcel y aquí acogían a los que salían de ella. Y porque, también, los heridos que salían de la cárcel y se quedaban cojos venían a parar aquí. Y lo llenaban todo de cogeces...».


Viaje a los pueblos de Valladolid; Tomo I y II Gráficas Andrés Martín S.A
Artículo enviado a la Revista por Cecilia Redondo



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